Quejarnos


¿De qué nos quejamos? De que estamos cansados, enfermos, doloridos. De que las cosas nos van mal: no tenemos éxito en el amor o no conseguimos trabajo. De lo mal que está el mundo, de como los otros se matan, de como yo no puedo tolerar a quien tengo al lado. ¿En qué momento aparece la queja? Cuando creemos que hay algo que no podemos resolver, cuando sentimos algún tipo de malestar. En general, la queja es por causa de algo externo: "mi madre es muy absorvente,depende mucho de mí", "mi novio no hace lo que le pido", "esta enfermedad que tengo no me deja llevar una vida normal". Es cierto que el dolor atormenta y el miedo paraliza. Sufrir es parte de nuestra humanidad. Pero, ¿qué estamos haciendo realmente cuando nos quejamos? ¿Estamos resolviendo algo? ¿Podemos pensar a la queja como un motor que genere un cambio? Cuando reniego por alguna situación, le estoy dando vida y trascendencia a ese hecho. De pronto, mi queja toma parte de mi vida, se convierte en mi problema, con ese problema me identifico, forjo mi personalidad. Soy mi insoportable relación con mi esposa, soy el gran sacrificio que me lleva llegar a fin de mes o lo sola y deprimida que me siento. Comienzo a organizar mi vida entera en torno a ese malestar, le doy forma, lo hago carne. Hagamos el ejercicio de escuchar profundamente nuestras quejas y las quejas de las personas que nos rodean. Escuchemos sin juzgar, sin valorar, no importa el contenido de la queja, intentemos escuchar ese descargo como si fuera una música: el tono de voz, el timbre, el ritmo, la cadencia... Pareciera que ese sonido funciona como un disco rayado: suena, suena, siempre igual, se repite, es denso, pesado, es aburrido, genera cansancio, finalmente malestar, bronca... ¡Necesitamos silencio! La vibración de esa horrible música genera en nuestra psique y en nuestro organismo enfermedad y apatía. Pensemos a la queja como energía que no se canaliza, queda estancada y se pudre. Esta energía turbia se regocija sobre sí misma haciéndose una bola de nieve imparable, que se autoalimenta y engorda. ¿Qué pasaría si pudiéramos aprovechar esa tremenda energía a nuestro favor? Quizá podamos dedicar el mismo caudal de energía en hacer algo para modificar, aunque sea mínimamente, aquello que nos aqueja. Tal vez podamos hacer un movimiento usando esa fuerza que nos aproxime a la salida... ¿O será que no queremos salir? ¿Será que quejarnos es tan cómodo y conocido que preferimos esa seguridad, en lugar de la experiencia de lo nuevo, de lo que nos puede traer felicidad? Es importante que podamos cuidar de nosotros y de los demás eligiendo las palabras que vamos a usar. La queja es un modo de violencia. Quejándome me arraigo en el dolor, lo rectifico, lo asevero, impidiendo que algo pueda modificarse. Todos tenemos la capacidad de salir de los lugares (vínculos, espacios físicos, situaciones) que nos hacen mal. Permanecer allí es un acto de violencia y desamor.



HABLAR

El discípulo no podía reprimir las ganas que tenía de contarle al Maestro el rumor que había oído en el mercado. "Aguarda un minuto", dijo el Maestro. "Lo que tienes para contarnos, ¿es verdad?"

"No lo creo..."

"¿Es útil?"

"No, no lo es"

"¿Es divertido?"

"No"

"Entonces, ¿por qué tenemos que oírlo?"


Anthony De Mello

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"... deberás plantar la semilla de alguna intención, proyecto o sueño... y has de ser receptivo, pues la semilla germina en un campo de entrega. Reconocerás cuáles son tus verdaderos sueños y tratarás de no abarcar más de lo que puedes... prestarás atención al momento presente... regarás todos tus vínculos desde el corazón..."

-Calendario Maya (fragmento)-